«Rosita» Lo más hermoso jamás visto.

Las motocicletas siempre han desempeñado un papel importante en mi vida. Andar por las carreteras en motocicleta es, para mí, el deporte más maravilloso del mundo

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Introducción Dos Ruedas a la Aventura
Por: Danny Liska

Las motocicletas siempre han desempeñado un papel importante en mi vida. Andar por las carreteras en motocicleta es, para mí, el deporte más maravilloso del mundo; pero los deportes, como los de Motocross, los Rayless, o pruebas de motocicleta en Daytona me tiene sin cuidado – para mí, el único encanto de estos eventos, es que en ellos uno puede conocer a otros entusiastas motociclistas de carreteras.

Mi primera Motocicleta fue una Harley Davidson, de 74 pulgadas cúbicas, la cual estaba dando rendimiento desde 1936. Era una máquina muy potente, pesada, y con un embrague “de suicidio” sin término medio – únicamente se podía meterle o sacarle completamente. Antes de comprar esta bestia roja y negra, ya ella había dejado inválidos a varios motociclistas, incluyendo el tipo de de Randolph, Nebraska, quien me la vendió por 250 dólares. Yo no sabía nada de motocicletas; después de que le di el dinero nos fuimos a la Carretera 12 donde él se sentó detrás de mí a enseñarme cómo hacer los cambios. La enseñanza fue breve: cuando habíamos andado unas cien yardas, o algo así, con un deseo poco disimulado se bajó de un salto, levanto la mano para despedirse de mí y, dando la vuelta, se encaminó cojeando hacia su casa.

Había una distancia de 75 millas de ahí a mi casa en Niobrara y, como sólo tenía 16 años, rápidamente le perdí el miedo a montar en dos ruedas; cuando llegué a la granja me sentí como el motociclista más tremendo del mundo- y comencé a llevar a gente a pasear. Mi primera caída ocurrió dos días después, y mi hermano mayor que estaba montado conmigo se fracturó la clavícula. Durante varias semanas tuve que ayudarle con las tareas de la granja, y aún peor- nuestro seguro de accidentes no cubría lesiones sufridas en motocicleta.

Pero mi aventura amorosa con la motocicleta había comenzado. Y encontré que sin motocicleta la vida no merecía la pena vivirla. El invierno se hizo más soportable cuando aprendí que la Harley podía abrirse paso por cualquier clase de nieve, pero al principio de la primavera el barrizal en la vía de acceso a nuestra finca rápidamente me cortó la alegría. Uno de los momentos más humillantes de mi juventud ocurrió aquel día de marzo cuando me hundí en el lodo y tuve que ir donde un vecino a rogarle que enjaezara sus yeguas y viniera a arrastrar mi Harley a la granja; pasé el resto del día raspando y escarbando para sacar todo el barro pegajoso que se había metido debajo de los guardafangos y alrededores de las cadenas.

Por todo un año mi padre toleró mi síndrome de motocicleta, pero finalmente me convenció de que vendiera es maquina peligrosa, con la promesa de que me ayudaría a comprar una Harley completamente nueva, y con menos caballos de fuerza. Entonces vendí la moto; al poco tiempo en nuevo propietario dejó voltear la máquina y se rompió un brazo; luego, otro tipo que intentó montarla terminó en el hospital en estado de coma, y con lesiones cerebrales.

Desempaqué la nueva Harley 61, 1948, y di unos pasos hacia atrás para poder apreciar lo más hermoso que jamás había visto.  De ahí en adelante mi vida tuvo un nuevo sentido, con “Rosita” como el epicentro de todo. Cuando no estaba trabajando en la granja me convertía en un “solitario” que evitaba la vida social normal, donde uno salía con chicas o “andaba por ahí con los amigos”, prefiriendo más bien rodar por los caminos solitarios del campo completamente feliz de sentir el viento en la cara y el motor de la Harley ronroneando debajo de mí – lista y ansiosa de llevarme dondequiera que yo deseara ir. Ella me llevó a México dos veces, llegó y Rosita se convirtió en mi única compañera significativa. Pero llegó la guerra de Corea y cambió muchas cosas; y luego en 1951 me casé.

Como tenía la espalda delicada Arlene, mi esposa, se quejaba de la dura suspensión de resortes; entonces compré otra máquina, una Harley “Hydra-Glide” (hidráulica), verde suave como una pluma. Con esto Arlene sufría menos en los viajes largos, pero yo no logré tomarle un verdadero cariño a este “Marrano Verde” y por último en 1958 lo reemplacé por una BMW R-60 en la cual viaje de Alaska hasta Argentina en 1964 la fábrica BMW, junto con su representante Butler & Smith Inc. de Nueva York, me dio sin costo alguno otra BMW R-60 en la cual viajé del Cabo Norte, Noriega, al Cabo Sur del Africa. En las dos BMW anduve por 69 países y durante dos años la fábrica BMW público en diferentes revistas una serie de avisos de página entera con fotografías que yo había tomado en mis viajes. El más espectacular fue un aviso que abarcaba dos páginas centrales de las revistas; en una página se veía mi BMW en la línea ecuatorial en Suramérica y al lado opuesto el ecuador en Uganda, África. Michael Bondy, de Butler & Smith, se ingenió el atractivo titular para el aviso:

LADO ORIENTAL – LADO OCCIDENTAL

POR TODO EL MUNDO EN UNA BMW

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Esto era en la década de los 60 cuando BMW muy apropiadamente recalcaba que sus motocicletas eran las mejores máquinas del mundo para recorrer carreteras haciendo viajes largos. Esa imagen ha cambiado desde entonces como todo lo demás, y BMW siguió el ejemplo de las otras marcas tratando de ensalzar sus máquinas diciendo que son el tipo de vehículo deportivo preciso para enloquecer a las bañistas hermosas.

Durante la década de los 60, varias revistas publicaron historias cortas sobre mis aventuras en: motocicleta, pero había obstáculos, algunos de ellos de carácter doméstico, que me impedían escribir los capítulos finales del siguiente relato de mis viajes. Ahora que estos obstáculos han sido eliminados, me siento orgulloso y bastante aliviado de haber podido llegar al punto de poder compartir en honesto detalle, mis aventuras por el camino más largo del mundo: de Alaska a la Argentina en una motocicleta.

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