Cuando Regina era Joven

Cuando le pregunte si ella había visto al señor de nuevo, Regina dijo que jamás; y se puso pensativa. “Danny”, dijo, “creo que no era un hombre – era un espíritu"

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Imagen archivo El Terrícola.

Fecha: Bogotá, diciembre de 1989, edición: N. 63 EL Terrícola
Directora: Regina Betancur 

Hace poco llegó una pareja, amigos de Regina de Panamá; y, al venir a almorzar en nuestro centro, le regalaron a ella una bolsa de turrones americanos. Unos dos días después, cuando terminamos nuestro almuerzo Regina abrió la bolsa y me ofreció una barra de chocolatín llamado “Milky Way” – o Vía láctea – y a la vez tomó uno para ella.

Con esto su mirada se puso nostálgica, y me contó el siguiente relato:

“A mí siempre me gustaban estos turrones Milky Way, y los probé la primera vez cuando tenía 12 años. De regreso de mis estudios me tocaba pasar por la estación de Tax La Paz para coger el tranvía a Manrique- en Medellín – donde vivía. A mí siempre me daba mucho susto al pasar este sitio porque había un tipo bastante alto quien manejaba un taxi y me miraba con codicia. Siempre él decía en voz alta, como si estuviera hablando a los cuatro vientos, ‘no me caso si no es con esta monita’. Él me asustaba mucho, y siempre me apresuraba al pasar por este sitio. Más allá en la esquina había una cigarrería y dulcería donde yo paré un día cuando tuve cinco centavos, y compré una barra de Milky Way. Sin demorarme más, quité la envoltura y saboreé mi compra. Me gustó tanto que comenté a la dueña, una mujer de unos 38 años: ‘Cada vez que tenga platica vendré a comprar otro- porque me gustaron tanto’

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“Yo era muy dichosa porque ahí en adelante cada vez que pasaba la dueña me regalaba dos o tres de los mismo turrones hechos en Estados Unidos. Así pasaron las cosas por unos dos meses, hasta que un día yo le pregunté porqué ella podía darse el lujo de hacerme regalos con tanta frecuencia.

Qué grande fue mi sorpresa cuando me contestó que ella no me estaba regalando nada; y señaló un hombre sentado detrás del timón de un taxi – el mismo señor al que yo le tenía miedo- y me dijo: ‘ Él me pidió que te entregará los turrones cada vez que tú vinieras aquí, y que él los pagaba’.

“Con esto ya no recibí más- pero unos cuatro o cinco años después yo me case con este señor que se llamaba Luis Restrepo.

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 El mismo día, Regina me contó lo siguiente:

“Cuando se acercaba a mi cumpleaños de los 13, mi hermano Rómulo– quien me estimaba mucho- me obsequió cien pesos para comprar un reloj de pulsera, y que costaba ciento treinta pesos. En esa época esto era igual a 130 dólares. Le supliqué que me rebajara a cien pesos; o si no, si él podía me regalara los 30 pesos – para comprarlo. Pero el joyero se quedó indiferente a mi petición.

“De pronto oí una voz masculina decir: ‘Entrégale el reloj y yo le pago todo’. Era un tipo muy distinguido de unos 40 años de edad, ojos azules y  vestido de traje elegante y con sombrero negro.

Al ver mi enorme alegría, él se sonrió y levanto una mano para enroscar su bigote.

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“Al salir de la joyería, él me acompaño dándome consejos paternales. Me dijo que una niña tan inocente como yo debía cuidarme más en las calles. También me contó otras cosas, pero no pare bolas a ninguna debido a la enorme alegría que sentía con el nuevo reloj en mi mano; cada rato yo lo colocaba a mi oído- algo que me producía gritos y brincos espontáneos de la alegría.

“El señor me acompaño hasta la casa y yo, sin despedirme de él, entre apresuradamente para mostrar el regalo a mi madre.

Ella se puso muy seria y quiso saber quién me lo había regalado. Fuimos hasta la puerta, pero el señor de los ojos azules no estaba por ninguna parte.



“A mi madre no le gustó que yo aceptara un regalo tan costoso de un señor desconocido; pero, como yo gaste los cien pesos de Rómulo para comprarles los regalos de navidad, ella suspendió sus regaños.

“Todo esto preocupo a mi hermano Rómulo demasiado, hasta que un día me pidió que le prestara mi reloj Lanko.

 

Y así como yo lo recibí, yo perdí este reloj. No sé si Rómulo lo vendió o lo llevó a la prendería- o puede ser que fue cierto lo que me dijo de que alguien se lo había robado”.

Cuando le pregunte si ella había visto al señor de nuevo, Regina dijo que jamás; y se puso pensativa. “Danny”, dijo, “creo que no era un hombre – era un espíritu”

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“Pero sabes una cosa Danny, siempre fue lo mismo a través de los años; cada vez que quería conseguir algo – había alguien listo para regalármelo”.

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