Mal de Ojo

Un día llegaron dos indígenas rezanderos a la finca para pedir un préstamo de dinero. Al ser negado, salieron disgustados, y pararon para mirar muy fijamente los 34 árboles frutales, naranjos y limones, que adornaban el prado al frente de la casa. La señora, conociendo bien el poder de la mirada de estos indios, supo porqué al día siguiente los arbolitos estaban quemados.

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Imagen Pixabay

Mis Memorias Papá Liskita – Por Danny Liska

El peligro del mal de ojo verdaderamente existe, y he visto cómo la gente de todas partes del mundo trata de evitarlo, especialmente con los niños. En el Africa Negra, siempre se colocan amuletos rojos en los collares o brazaletes, para así distraer la vista de cualquiera que les esté mirando, o admirando la criatura.

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En el municipio de Tzintzunsan, México, cuando una madre carga un pequeño y se queda charlando con un conocido, al despedirse pide al otro: «Por favor le hace la gracia a mi niño», y baja los pañales, ofreciéndole para que reciba unas fuertes palmadas. Así puede seguir su camino, asegura que el niño no ha recibido daño alguno por la mirada de la otra persona. Las madres de Tzintzunsan insisten en que es preferible dejar que sus hijos se mantengas sucios y desarreglados porque así hay menos riesgo que alguien se pare para admirarlos – haciéndoles daño con la mirada.

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Eleonora Duque, doctora en química y amiga de Regina, se retiró de su profesión y se fue a administrar la finca familiar en los llanos. Un día llegaron dos indígenas rezanderos a la finca para pedir un préstamo de dinero. Al ser negado, salieron disgustados, y pararon para mirar muy fijamente los 34 árboles frutales, naranjos y limones, que adornaban el prado al frente de la casa. La señora, conociendo bien el poder de la mirada de estos indios, supo porqué al día siguiente los arbolitos estaban quemados. Se secaron y se murieron.

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En Africa los nativos se cuidan cuando se paran en el camino para consumir un sándwich o su refrigerio. Siempre se cubren su cabeza con abrigo o chal para que nadie que pase al lado pueda verlos comiendo. Si no se protegen de esta manera, siempre hay peligro que alguien, con mucha hambre y con energía desencajada, pueda, tal vez sin intentarlos, hacer mucho daño.

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Fue un caso semejante: Hace unos años Regina y yo estuvimos viajando en tren desde España e Italia. No llevábamos comida, y no había comedor en el tren; tampoco podíamos comprar alimento en las paradas. Durante unas veinte horas estuvimos transitando Francia, sin comer, cuando una señorita, como de 22 años, entró a nuestra cabina. Se sentó al frente de nosotros, abrió un gran paquete con mucha comida y empezó a embucharse – sin ofrecernos ni un pancito. Me quedé mirándola y, obviamente, sentí más hambre que nunca. Pero antes de terminar de comer, la señorita en un momento inesperado se levantó, trasbocó, y luego se retiró. No dije nada a Regina, pero supe que la fuerza de su mirada causó la maluquera de la niña.

Para Regina, la fuerza de su mirada es muy problemática, y cada mañana tiene que demorar por lo menos una media hora con el maquillaje de sus ojos, arreglándolos en tal forma que no causen daño a nadie. 

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