YO, hago trances

Entonces Dijo: "Yo fui la décima persona en adquirir este conocimiento; y las otras nueve viven ya. Pronto yo tendré una posición tan importante que no podré revelar este conocimiento a otros, pero te enseñaré todo lo que sé; y, aunque mucho de lo que te diré parezca tonto y sin sentido, tú sí aprenderás a interpretar, entender y usar esta sabiduría. Luego la enseñarás a todo el mundo; así te conocerán por el número "11"

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Imagen Archivo Terrícola – Foto: Regina “11”

Mis Memorias Papá Liskita – Por: Regina “11” 

Yo entro en trance todas las noches. Ha sido parte esencial de mi vida.

Al terminar cada curso de Saurología, que dura 10 horas, hago levitación de frente a mis alumnos, y “doy luz” a ellos. Ahora tengo más de dos millones de hijos esparcidos por todo el mundo, y … los visito a todos cada noche.

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Mis hijos son de todas las razas, religiones y nacionalidades. Sus edades fluctúan entre los cinco y los noventa y cinco años. Al enseñarles Relajación mental y Saurología, abrí nuevas puertas para ellos, cambié sus energías y les mostré cómo usar el ilimitado poder de la mente del subconsciente.

Le he enseñado a curar por medio del magnetismo, a mandar y recibir mensajes mentales. Además les he relevado el secreto de la astro-proyección.

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Lo que yo enseño, puede ser usado sólo para una causa buena, y les advierto a mis hijos que no pueden usarlo para una causa egoísta o mala. Sin embargo, algunos de ellos no quedan convencidos y tienen que experimentarlo con resultados dolorosos.

Durante mucho tiempo después de que ellos han tomado mi curso de diez horas, yo sigo cuidándolos. Los guío y les ayudo cuando tropiezan y caen. Esto lo hago cada noche cuando entro en trance.

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Cuando mi espíritu está fuera de mi cuerpo, puedo viajar a cualquier parte donde me proponga. Estoy capacitada para darle la vuelta al mundo en fracción de segundos. Puedo ver a cada uno de mis hijos, saber qué están haciendo y qué están pensado, y también ver cuándo ellos se encuentran enfermos o necesitan ayuda. Si la necesitan, les dejo un poco de mi energía para ponerlos más fuertes. Cuando están suficientemente capacitados para caminar solos, ellos pueden olvidarme; pero, mientras este tiempo llega, y como madre mental, debo reconocer mi responsabilidad con ellos.

Yo fui la última de los 18 hijos que le nacieron a Juan de Dios Betancur y Ermilia Ramírez. Era demasiado niña para recordar cuando mis padres vendieron la casa en la cual yo nací, en la calle de “Los Siete Brincos” en el pueblo montañoso de Concordia, al Suroeste de Antioquia, Colombia. Nos pasamos a Envigado y luego a Medellín donde empecé a desarrollar los poderes de mi mente. Un día, cuando solo tenía cinco años, llegó un visitante mientras yo estaba respirando profundamente en mi cuarto. Acaba de regresar de mi confirmación y, con la llegada de este visitante, la habitación se iluminó con mi energía.

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Me asustó cuando apareció; no reconocí su cara. Pero, cuando él me habló, me aseguró que había estado observándome por mucho tiempo. Como yo nunca antes había visto un espíritu, le pregunté si él estaba muerto. Me aseguró que estaba vivo y que su cuerpo estaba en un país al otro lado del océano. Tenía cosas importantes para enseñarme, y un día, con todos los conocimientos, yo ayudaría a todo el mundo. Dijo: “Yo fui la décima persona en adquirir este conocimiento; y las otras nueve viven ya. Pronto yo tendré una posición tan importante que no podré revelar este conocimiento a otros, pero te enseñaré todo lo que sé; y, aunque mucho de lo que te diré parezca tonto y sin sentido, tú sí aprenderás a interpretar, entender y usar esta sabiduría. Luego la enseñarás a todo el mundo; así te conocerán por el número “11”

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 Mi amigo cumplió su promesa, y casi todos los días venía a enseñarme. Mis padres no podían verlo ni oírlo, por lo tanto mi madre se puso muy nerviosa cuando me vio magnetizando y curando a los muchachos y adultos del vecindario que venían a mí con sus problemas físicos y mentales. Luego, mi padre se sintió injuriado cuando se enteró de que yo, con mi mente, estaba abriendo las puertas y las llaves del agua.

Perfeccioné la levitación y aprendí a flotar en el aire hasta el techo. Un día lo hice con el fin de quitar un bombillo, pero el bombillo se explotó en mi mano, y o caí al suelo. Mi madre fue testigo del acto, y de inmediato me dio un buen castigo, y se fue a confesar. Luego, sospechando que yo trabajaba con el demonio, me llevó al sacerdote Lope Duque para recibir un exorcismo – pero logré escapar sin someterme a dicho rito.

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Cuando me enteré de que el policía del vecindario estaba muriendo, fui allá y lo magneticé. Observé que hubo una reacción favorable en su respiración y lo volví a magnetizar. Me di cuenta que, más por curiosidad que por ansiedad, para mí era imposible abandonar el cuarto del enfermo. Cuando miré que la vida volvía a su cuerpo, y vi que la sombra de la muerta ya se había ido a reclamar vidas en otras partes, me fui a casa. Ya estaba bastante tarde y mi padre, furioso por mi ausencia, me esperaba en la puerta para castigarme. Para evitar su furia, yo me me di una orden mental para hacerme invisible, me deslicé por la puerta sin que me vieran y me acosté con mi madre. Cuando él me encontró durmiendo, se encogió de hombros y dejó el castigo para otro día. Después de esto, noté que, por medio de una orden mental, podía hacer que las personas o cosas se quedaran transparentes o invisibles por un rato.

Mis trances nocturnos fueron parte de mi educación. Cuando yo necesitaba saber algo simplemente me daba un orden para que mi espíritu saliera de mi cuerpo y buscara la información que deseaba. Me di cuenta que regresaba al pasado, vi los extraños ritos enseñados en Babilonia y en las escuelas de ciencias ocultas en Alejandría. Podía viajar al fondo del océano para observar las diferentes criaturas. También me remontaba por encima de la tierra, y tenía una visión que penetraba las nubes y la niebla.

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Encontré igual de fácil viajar al futuro; pero lo que vi allí me dejó muy triste. Aprendí que, al informar a otros lo que el destino les tiene deparado, yo siempre quedaba impotente para intervenir y cambiar o disminuir las tragedias que veía. Aprendí que el predecir el futuro era una violación de la ley universal; por esto los profetas, por haber violado este mandamiento, han sido eternamente castigados.

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Uno puede adquirir conocimientos y grandes poderes, pero estas virtudes se pierden con facilidad. Para retenerlos, uno tiene que respetar y seguir las inflexibles leyes universales las cuales se dirigen a todas las energías y seres que existen.

Por siete años, mi amigo me enseñó a interpretar estas leyes; cuando yo tenía doce años, se despidió. Nunca más lo vi.

Finalice con: ¡Suba mamá Regina, Suba!

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