El encuentro con la muerte para darle vida en la montaña de “Manjuí”

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Nadie pensaba en lo que encontraríamos al ascender esa montaña…

Por: Luis Hernán Fernández.

El 29 de mayo de 2017, nos encontramos un grupo de saurólogos y letas, con los maestros Marxa y Lagus,  para efectuar un levantamiento de energía.

El punto de encuentro fue el cruce de “Cartagenita” entre los municipios de Zipacón y Facatativá, nuestro destino era el cerro de Manjuí. Un cerro con una altitud de 3000 msnm, destinado para las telecomunicaciones y la orientación de aviones que arriban a Bogotá y en donde realizaríamos un rito por las personas, que procedentes de la base militar de Tolemaida, fallecieron el pasado 1 de mayo, en un accidente aéreo.

Al empezar a caminar advertimos que la montaña era muy alta, con un sendero de herradura; preguntamos a algunos campesinos del área cuánto demoraríamos hasta llegar al sitio del accidente, contestándonos que algo más de una hora y media.

Pues bien, sin medir mayor palabra comenzamos nuestra misión de ir en busca de esa avioneta estrellada, siempre con la mirada al piso, respirando profundamente, corriendo las luces al camino para ir ascendiendo de la mejor forma posible, deleitándonos con el olor a campo, con ese aroma a eucalipto y sintiendo el pedalear de algunos ciclomontañistas que pasaban y nos saludaban como dándonos la bienvenida al ascenso de la montaña.

Después de algo más de dos horas llegamos hasta la cima, unos héroes son estos reginistas que sin obligación alguna deciden asumir semejante reto físico-espiritual.

Un poco cansados, con un clima nublado y algo de viento preguntamos a los vigilantes que custodian las torres, dónde era el sitio exacto del accidente; entre varias indicaciones y un peludo compañero, un perro labrador, que se unió a nuestro recorrido llegamos al sitio del siniestro.

Pensábamos que nos encontraríamos de una vez la avioneta estrellada, pero aún nos tocaba caminar por un desfiladero abriéndonos paso entre el monte y la maleza. Eran las 11 a. m. Curiosamente, cuando por fin llegamos al sitio indicado, quien nos había guiado hasta allí, sin mencionar nada y como enviado por algo celestial fue este canino que siempre nos esperaba a su paso hasta llegar a nuestro destino.

Lo primero que vimos fue una cruz de madera con la fecha y el nombre de una niña, al lado de la cruz estaba una maleta y algo de ropa femenina, deducimos que le pertenecía a la persona que mencionaba el letrero en esta cruz. Se sentía un frío penetrante y como si estuviésemos en un velorio, solo nos miramos entre todos y nos quedamos en silencio. El lugar estaba deshierbado y despejado, imaginamos que fueron los rescatistas que hicieron este trabajo para poder recuperar aquellos cuerpos. Parte de la avioneta estaba esparcida por el lugar, veíamos asombrados pedazos del motor y de la hélice, retorcidas por el impacto.

El maestro Lagus pidió organizarnos y colocarnos las túnicas para hacer el rito; entretanto, yo decidí alejarme un poco del grupo buscando un paraje para descargar mi maleta y observar qué significaba todo lo que se veía ahí…

Pero fue en ese pensar y entender de aquella terrible escena que vi a lo lejos más terreno destapado escondido entre los matorrales, monte quemado, y sin decir nada seguí avanzando y ¡oh! Sorpresa, la escena más macabra que mis ojos hayan visto estaba ahí, la mayor parte de la avioneta se encontraba en ese lugar que acababa de descubrir y como por mandato divino y como si aquellos espíritus estuviesen pidiendo ayuda encontré una bolsa de manija de colores, puesta sobre un palo, colgando al lado de una ropa de alguno de los tripulantes, lo curioso del asunto fue que aquella bolsa decía “AGUA BENDITA”, como si los espíritus que estaban allí supieran que les llevábamos el “Agua bendita, el agua del río Jordán”, de inmediato subí a avisarle al resto del grupo que bajaran para que apreciaran el accidente en toda su dimensión, nuestros ojos quedaron desorbitados al percibir tanto dolor, a nuestro alrededor se veían zapatos, camuflados militares colgando de algunos árboles, ropa interior, junto con un manual que paradójica mente abierto en una página que no alcanzó a quemarse, decía “Manual de urgencia en caso de accidente”.

En el lugar aún se sentía el olor a gasolina de avión que nos mareaba un poco; empezamos a realizar el rito aplicando el agua del Jordán por todo el lugar, fue un momento maravilloso al sentir que estábamos ayudando a personas que nunca habíamos visto, pero que con nuestra contribución podrían seguir su evolución y que ellos en agradecimiento desprenderían una partícula de energía para nuestro beneficio tal como nos lo enseña la maestra Regina “11”.

Retratamos algunos momentos del rito y para nuestra sorpresa aparecieron algunos rostros allí, posiblemente sea de alguna de las personas fallecidas. Cansados, pero con la felicidad en nuestros rostros, emprendimos el regreso, hablando todo el camino sobre lo que vimos allá y de lo extraordinario de hacer este tipo de ritos.

Ya eran las 3:30 de la tarde, el hambre y cansancio hacían mella en nuestros cuerpos, pero “al que obra bien le va bien”, los mismos campesinos que nos habían dicho el tiempo que nos gastaríamos en subir fueron los mismos que nos acogieron en su casa con un plato de arroz, con papa salada, hechos en estufa de leña gigante.

Esa fue la mejor recompensa que pudimos recibir, ver cómo la sencillez, la humildad, pero ante todo el mejor amor del mundo estaban servidos en ese plato. Unidos, todos comimos del mismo plato, con varias cucharas, no importando si estaba sucio o limpio, nuestra misión era acabar y no dejar nada de comida.

En agradecimiento con la familia todos los saurólogos que estábamos allí los magnetizamos e hicimos un rito especial sembrando un campo magnético para que a esa familia humilde le fuera bien en su vida.

Tiempo después la maestra Regina “11” nos confirmó que no solo conseguimos ayudar a los ocho espíritus que murieron en el accidente, sino que en total fueron 23 los espíritus que salieron o pudieron evolucionar en el rito que realizamos debido a que el resto de espíritus que se sumaron eran personas e incluso animales que murieron en época que se instalaban las antenas que hoy día existen allí.

No hay palabras para expresar el regocijo y alegría sentidos al poder ayudar incondicionalmente aunque no conozcamos esos seres que piden nuestra intervención. La mejor satisfacción fue la de regresar a nuestros hogares con la misión del deber cumplido.

 

 

 

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