Sandra Regina, la niña zahorí

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Sandra Regina

“No he muerto, ahora soy grande y poderosa y estaré en el corazón de todos  por siempre jamás”

Oración a Sandra Regina.

Una luz de esperanza, ¿Quién era Sandra Regina?

Sandra Regina Restrepo Bentacur, nació el 19 de febrero de 1965 y falleció el 25 de octubre de 1970 a la edad de 5 años. Hija del primer matrimonio fallido entre  Luis Restrepo y  Regina “11”, cuando ella era tan solo una joven.   A  través de los años  está figura siempre ha estado en la mente de la maestra y de todos los seguidores de la Saurología, la energía que produjo Sandra sirvió de puente para la conexión energética y espiritual de Regina y su posterior esposo Danny Liska. Finalmente Sandra murió de una extraña enfermedad dejando un gran legado en la vida de su madre y de todos sus seguidores.

Hijas de la maestra Regina"11"

“… Cuando yo tenía cinco meses de embarazo, nos encontrábamos en la cocina de mi casa, mi madre, mi hermana Aura, dos vecinas y yo, cuando sentimos el llanto de un bebé. Nos quedamos en completo silencio, paramos la oreja para ver de dónde llegaba ese llanto, no obstante ninguna nos percatábamos del lugar.

Las miradas entre nosotras hablaban de nuestro asombro y Pum…, otra vez se sintió, pero ahí nos dimos cuenta que el llanto salía de mi estómago. Yo quedé temblando y las demás también.

Los ojos azules de mi madre, se agrandaron y con voz entrecortada, me dijo: – Mija, va a tener un Zahorí.

-Y ¿Qué es eso?, – le pregunté.

-Pues un niño muy sabio que todo lo sabe, que todo lo ve, me contestó.

Fue un 19 de febrero cuando llegó una niña muy hermosa, con nueve libras de peso, la que se llamó Sandra Regina.

Una chiquilla con muchas cualidades; inició su lenguaje a los cuatro meses, a los ocho empezó a caminar y cuando tuve un novio llamado Hernando (coronel, médico del ejército), ella le decía: “Coronel  tú no te vas a casar con mi madrecita, ella se va a casar con mi papito”.

En una ocasión me visitó un francés, y como yo no hablaba el idioma, entonces Sandrita resultó conversando con él perfectamente. Yo no tenía ni la menor idea de porqué sabía ese dialecto.

 Sandrita se acostaba conmigo cuando no estaba Danny y me ayudaba a cuidar a Johanna, a la que quería enormemente. Liskita  tuvo que regresar a los Estados Unidos para cumplir con algunos compromisos, y entonces

Sandrita y al despedirse le dijo: – Papito, si yo me muero, no te preocupes, ahí te dejo a Johannita y a mi madrecita que te van a querer y ayudar mucho. Él soltó la risa y le manifestó: – No te preocupes mi vida que yo vengo y vuelvo te acariciar y besar porque te quiero mucho.

Los dos se abrazaron como para no despegarse nunca más. Danny no pudo más y soltó unas lágrimas que quiso amarrar.

Mi hija y yo, quedamos sumidas en la tristeza cuando Danny partió. Esa noche dormimos juntas y me reveló:

-¿Sabes una cosa madrecita?, yo me voy a morir y cuando me muera no van a estar ni tú ni mi papito conmigo. Por eso, puedo hacerlo con tranquilidad.

Me senté al instante sin entender lo que me quería decir y le pregunté:

-¿Qué me estás diciendo Sandrita?

Ella me miró de soslayo y de nuevo me repitió que se pensaba morir muy pronto, pero que allí me dejaba a su papito y a Johanna.

-Sandrita, -le supliqué,-no me digas más eso, porque yo te quiero mucho y así tenga a tu papito y a Johannita, tú eres algo muy importante en mi vida.

-Sí madrecita, no obstante ya cumplí con mi proceso, por eso tengo que irme, mas no te preocupes que te voy a seguir ayudando y lo voy a hacer con toda la gente que esté contigo.

Mi cuerpo empezó a temblar y mis ojos soltaron todas las lágrimas que tenía acumuladas por mucho tiempo.

Inicié los cursos que duraban nueve días. En la mañana lo dictaba en la casa de la familia que elaboraba estatuas y en la tarde en la de mi hermano.

Al tercer día, mientras me encontraba con unas cuarenta personas, percibí en la mitad de la sala un ataúd muy grande.

Le relaté al grupo, ellos se pusieron muy preocupados, les hablé del tamaño que había visto y les platiqué acerca de lo que mi hija me había anunciado. Pero al mismo tiempo me consolaba porque el ataúd no era de su estatura.

De todas maneras y para tranquilizarme, llamé a Bogotá en donde me habían dicho que la niña tenía paperas.

Al comunicarme, me contestó la misma Sandrita, le pregunté que cómo se sentía y me dijo que requete bien.- Ya me alivié madrecita, sigue con los cursos que son bien importantes y puedes ayudar a tanta gente.

-Ella era como una vieja hablando.

El séptimo día, parecía que el cielo se fuera a caer, la lluvia no dejaba ver y los relámpagos iluminaban la oscura tarde;  todas las calles de la ciudad se veían inundadas y los árboles partidos por la cantidad de rayos que caían y el furor de las aguas.

Eran las seis de la tarde cuando llegaron mis sobrinas, las hijas de Pedro, a pedirme que fuera urgente al teléfono, no me comentaron lo que pasaba, mas ya lo sabían, sus caras lo reflejaban.

En medio de la tempestad, llegamos hasta la casa que no era más que a una cuadra, pero se me hizo eterna pensando en qué había sucedido.

Temblando me acerqué al teléfono ante la mirada aterrada de los sobrinos y mi cuñada Gabriela. Nadie  pronunciaba una palabra.

Alcé el auricular y mi hermana Aura, me dijo: -Regina, Sandrita.

-¿Qué le pasó a Sandrita? – le pregunté. – Se… Murió.

¿Que qué? ¿Está segura? – Sí venga rápido – me respondió.

Mis lágrimas salían a chorros y mis acompañantes al ver mi dolor todo lo que hicieron fue colocar sus brazos sobre mis hombros.

Traté de dormir, aunque me fue imposible, mi cuerpo saltaba como una lagartija tratando de salir del fuego.

 Ya en Bogotá, llegué hasta el ataúd y vi exactamente el mismo que se me había proyectado.

Sandrita parecía durmiendo y su tamaño era el de una mujer de 16 años. Al acercarme, sentí que me hablaba y decía:

Sandra ReginaSentía deseos de reír y de cantar.

No tenía conmigo a mi papá ni a mi mamá.

El invierno era aterrador, en la tarde, sentí un sueño profundo, todos sintieron miedo, creyeron que moría, pero no era verdad.

Cuando a la clínica me llevaron, sentí deseos de dormir y…  dormí profundamente.

Al día siguiente, no quise despertar, soñaba que era primavera, que todo florecía; entre todas las personas que me veían dormir, tejieron una alfombra de flores de todas las especies, con hilos invisibles de oro y plata.

Cada persona regaba las flores con agua de sus ojos. Yo dormía sobre mi bella alfombra de flores, cada vez que se acercaban a mí, sonreía y trataba de decir “Ahora mi poder mental es superior al de todos juntos y puedo lograr que todo marche en una forma mejor”.

No he muerto, ahora soy grande y poderosa y estaré en el corazón de todos por siempre jamás.””

Sandra Regina, Bogotá 25 de octubre de 1970.

FUENTE: (PATAGRANDE 2)

 

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